‘Wera pa’ (mujer falsa): Así viven las indígenas transgénero en Colombia

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Tras escapar de los castigos a los que les sometieron en sus comunidades por vestirse de mujer, un grupo de adolescentes indígenas transgénero conviven en un pueblo cafetero de Colombia donde pueden expresar su identidad y se sienten a salvo del machismo y el estigma.

Un sorbito de ron. Una raya negra en la mejilla. Una calada de hierba. La música que intenta arrancar. La casa está incendiada porque hace un par de meses la fiesta se les fue de las manos. Otro trago de ron. Una sombra morada en el párpado. Los chicos trepan por las paredes para intentar pasar cables y conectar a la electricidad unas bocinas con luces de neón que les llegan a las rodillas. Las chicas hablan, se maquillan, se ríen. Ellos sirven el trago en los tapones de la botella. Ellas beben. Ellos también. A cada ratito, una pareja se va atrás del edificio en ruinas. Vuelven acomodándose la falda, el pelo y el maquillaje, ellas. La bragueta, ellos.

La música hace otro amago de que va a sonar, pero después de dos golpes de algo que intenta ser reggaeton vuelve a callarse. Se oyen los grillos cantando a pecho por el calor. En el porche, circula el trago y corre el aire. Bajo el sol, solo aguantan los cafetales. Y Elsa, que llega corriendo entre las matas para ver si está Johny, que es su novio y que le da miedo que se vaya con otra. O que ya se haya ido, porque no lo encuentra. Cuando alcanza la casa de cemento viejo y negro por el incendio, Elsa es la única sobria.

Sandra tiene hace rato los ojos desviados, la cara sudada y el colorete borroso. Angélica con los brazos en jarra y Viviana, manos en la nuca, posan para una foto. Leidi y Fernanda bailan. En otra fiesta el año pasado, Elsa sí estaba ida. Le gritaba a Johny, o al Johny de ese momento, que a ella nadie le pegaba. Estaba empapada, minifalda verde, camiseta roja y rota pegada al cuerpo, con el pelo chorreando por la tormenta y por el agua que se había tirado por encima para sacudirse la borrachera.

—¡Qué chimba! ¡Gonorrea! ¡A mí no me pegas!, iba gritando mientras tomaba con rabia de una botella de plástico.

La primera vez que se vistió de mujer, Elsa tenía nueve años. Frente al espejo, se puso un vestido azul y un collar de bolitas de plástico rojas y negras que en Colombia se llaman chaquiras. Mientras empezaba a maquillarse, sola en casa cuando todavía la llamaban José, su madre entró de repente. La desvistió como quien despluma una gallina. La regañó, la golpeó.

—Tú eres un hombre—, le dijo. Elsa escuchaba, para qué contestar, y se quedó con la idea de que lo que hacía, aunque le parecía natural, era algo malo. Nunca antes había visto a alguien que se vistiera como lo que no es.

Pasaron tres años en la comunidad, en el Chocó, una zona de selva profunda y de costumbres tiranas. A los 12, cuando ya la consideraron mayor, la encadenaron a un cepo, a ver si se le quitaban las ganas de ser marica. El mismo castigo que la justicia indígena da a ladrones o violadores.

“Una mujer gay piensa en salir desde muy pequeño porque a uno el papá, la mamá y los hermanos siempre lo tratan mal. Le pegan, lo echan… Los indios siempre maltratan a los que son así como nosotros. Cuando estaba allá no pensaba nada… solo pensaba ‘me voy a salir de acá, me voy a salir”, recuerda Elsa. En cuanto la soltaron al fin, escapó.

Allá es jungla adentro. Se fue de día, vestida de hombre para no llamar demasiado la atención. “Adiós mamá”. Tenía 13 años. Llegó a la carretera. De ahí, a un pueblo. De ese pueblo alcanzó otro. No necesitó llevarse nada.